Del abismo a la tierra donde no había nadie, tan solo él. De la oscuridad al resplandor de su mirada y su piel tersa. De lo imaginario a lo real, a sus más de cien destellos. De lo ambiguo a cada uno de sus anhelos, a sus pasiones vehementes. De lo inconcebible a lo auténtico, a lo más palpable. A sus labios, inundados en mares de agua ardiente.
De lo que era y lo que fue. De lo que había sido y, de lo que se quedó sin ser, ni fue ni era.
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